Uno

Revoltijándose como aves, cayendo hasta el último peldaño de la lujuria. Es una bajada escarpada, sin ánimo de suavidad y diligencia. Ausencia de amor.

Todos estos pensamientos desaparecían cuando estaban juntos, porque el simple hecho de tocar su mano le parecía estar tocando una extensión de sí misma. Le gustaba ver como se apoyaba en su pecho, tocar su pelo, esconder palabras en el lugar más recóndito de su oído.

La importancia de los olores, de ese olor único personal e irrepetible que evoca la piel humana. Una pasión desbordante para él, que a ella le producía risa (poseía una gran nariz, atributo inconfundible de un buen olfateador) pero que entendía a la perfección.

Símbolo de dos personas que se conocen muy bien y que se sonríen al verse desnudos, como dos niños con un juguete desconocido entre las manos, repleto de nuevas experiencias.

Desde el comienzo , desde las piernas aleteando como peces en el agua, el estremecimiento de cada poro. La respiración acelerada. La saliva parece fría aplicada a su piel, que estaba más receptiva a cada uno de sus movimientos; hasta sus ojos cerrados, con el único objetivo de agudizar los sentidos.

Siempre cerraba los ojos de sus amantes, quizá fuera su sello, su huella inconfundible.


- ¿ a que ahora aprecias mejor el sonido de mi voz?

1 comentario:

Mme Parapluff dijo...

AH!!



de las cosas más bonitas, dulces, sencillas y fugaces que he leído últimamente.