
Su cara difuminada, las cuencas de sus ojos dibujaban formas inverosímiles, ondulaciones que se entremezclaban, y aunque fijaras la vista, serías incapaz de distinguir coherencia en sus palabras, en sus gestos...
Mirarías con desprecio esa sutileza de la que solía presumir a la hora del coqueteo, aquella que tú habías logrado percibir, pero que aún así seguía provocando en tí el efecto de una droga somnolienta...
Llamémoslo amor por el sinsentido*]
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